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Lo que le digo a quien me pide una web barata

Cuando alguien me pide una web baratita le digo siempre lo mismo: qué se puede abaratar sin miedo, qué sale caro a la larga, y mis dos caminos con la cuenta clara.

Lo que le digo a quien me pide una web barata

Hay una conversación que he tenido decenas de veces en estos años, y sigue siendo tal cual.

Alguien de una iglesia o de una entidad pequeña me dice: «Enrique, hazme una web baratita, ¿eh? Una cosita sencilla, que salga en Google y ya está. Es que no tenemos presupuesto».

Y yo le entiendo perfectamente, porque en lo mío también cuento cada euro. Nadie que me dice eso está tirando el dinero en otra cosa: son entidades que cuentan cada euro que entra, y hacen bien en contarlo. Así que no le suelto un sermón sobre la calidad ni le miro por encima del hombro. Le digo lo mismo que le diría a un amigo. Y es esto.

LO QUE SÍ SE PUEDE ABARATAR

Se puede empezar pequeño, y es inteligente hacerlo. Una web con pocas páginas, pero bien hechas. Usar las fotos que ya tenéis, las de verdad, en vez de pagar un reportaje. Y dejar para más adelante lo que hoy no necesitas: si ahora no vas a tener zona privada ni vas a publicar cada semana, no lo pagues todavía. Una web puede crecer por partes, como una casa a la que se le añade una habitación cuando hace falta.

Eso sí es ahorrar. Lo otro —recortar en los cimientos— no es ahorrar: es aplazar el gasto y hacerlo más grande.

LO QUE SALE CARO A LA LARGA

Lo caro no se ve el día del estreno; se ve después. La web que nadie mantiene y a los seis meses anuncia cosas del año pasado, hasta que da vergüenza enseñarla. La que se ve mal en el móvil, que es donde la mira hoy casi todo el mundo, con las letras diminutas y los botones imposibles de acertar con el dedo.

Y la que más me duele, porque la he visto muchas veces: la web huérfana. Un día se rompe, o hay que cambiar un texto urgente, y nadie sabe quién la hizo, ni dónde está alojada, ni dónde están las contraseñas. El chico que la montó ya no está, y la entidad se queda sola delante de su propia web.

Al final, la factura que más se repite es pagar dos veces: primero lo baratito, y al año siguiente pagar de nuevo para hacerla bien, porque la primera no daba para crecer.

MIS DOS CAMINOS, CON LA CUENTA CLARA

Por eso trabajo de dos maneras, y te las digo con el precio delante. Una: la mensualidad, desde 39 € al mes con el precio de fundador, con el diseño gratis y el mantenimiento incluido, para que la web esté cuidada sin que tengas que ocuparte tú. Otra: 390 € de pago único por tu web completa, y a partir de ahí la cuidas tú, o quien tengas para ello.

Mi conclusión, después de años teniendo esta conversación, es que la decisión no depende del precio. Depende de una sola pregunta: ¿tienes a alguien que te cuide la web? Si lo tienes, el pago único te puede salir muy bien. Si no tienes a nadie —y en la mayoría de las iglesias y ONGs pequeñas no lo hay, te lo digo por experiencia—, la mensualidad es, en el fondo, pagar por no quedarte solo.

¿Y tú, tienes a alguien que te la cuide? Si quieres, lo miramos juntos. Me cuentas cómo está tu web, o si ni siquiera tienes, y te digo con franqueza cuál de los dos caminos te conviene, aunque sea el que menos me rente a mí. Sin compromiso y sin letra pequeña.

Las dos opciones, lado a lado

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Enrique del Árbol

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Cuéntame cómo está la web de tu iglesia o tu entidad — o si aún no tienes — y vemos juntos qué te encaja, sin compromiso y sin presión.

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